e-Mail

Diario recibo cerca de 100 correos electrónicos, algunos son propaganda de tiendas virtuales a las que alguna vez entré, otros son comunicados de amigos que no tienen tiempo de echarme una llamada y prefieren incluirme en su lista de correos universales de comunicación masiva, otros son de trabajo, pero dada la naturaleza de mi trabajo he aprendido a utilizar mis pobres habilidades de lectura rápida para echar una ojeadita y tratar de discernir si hay algo que pueda ser de utilidad ya sea en el mundo económico, espiritual o dentro de la misma amistad que llevo con la persona, según sea el caso. Pues hoy recibí un correo de una muy estimada amiga mía. Generalmente reviso con cuidado sus correos porque suelen tener contenido que me gusta. Sin embargo hoy no fue uno de esos días. Cuando empecé a leer, la retórica y redacción de la carta que me reenvió me llamaron la atención. Se nota que la escribió una persona de un nivel cultural medio-alto con estudios por lo menos de nivel universidad y que puso en el escrito toda su alma. Sin embargo, a la mitad de la carta las palabras me supieron a queso añejo de varios años o a vino destapado de varias semanas y me dije a mí mismo que tal vez debería compartirlo con ustedes para saber si estoy en lo cierto o si estoy equivocado. No puedo decirles mi opinión en éste momento ya que influenciaría su propia opinión sobre la misiva. Sin embargo prometo darle seguimiento en el área de comentarios y publicar mi propia opinión dentro de unos días para que podamos llegar a un consenso y hacerle llegar a la persona que escribió la carta nuestra opinión comunitaria. Bueno, he aquí la carta y por favor no se queden callados:


“ Mayo 24 de 2009



¡Qué veinte años no es nada!



¿Qué no es nada?



Error, en veinte años han pasado tantas cosas y en cuarenta más ¡cuarenta! ¡Hace cuarenta años! Era yo una niña y aunque muchos dicen que cada época tiene lo suyo, creo que en este momento si me doy el permiso de pensar que tiempos pasados fueron mejores, hoy extraño aquellos tiempos, aquella infancia en una céntrica calle de Cuernavaca, como recuerdo al señor de la relojería y sus pláticas hasta altas horas de la noche sentados en el quicio de su negocio sin que mis padres sintieran miedo porque mi hermano y yo estuviéramos afuera, recuerdo a Don Chago, el señor de la tienda; a la señora de Zarco que hacía unas gorditas y unos tamales en aceite, deliciosos, recuerdo la taquería de Clavijero, la tortillería, la farmacia, -aquellos lugares a los que mi madre me mandaba sin temor- y aunque hoy dicen: “cuando yo era niño el narcotráfico ya existía”, la violencia tan desatada del presente no, no recuerdo , en verdad no recuerdo, ninguno de estos negocios enrejados, no recuerdo a las personas, dueñas de estos negocios haber estado prisioneras, ni yo me recuerdo prisionera. Después ya con el correr de los años tuve que dejar esta calle y me fui a un lugar paradisiaco, fuera de la ciudad, otro lugar que hoy también añoro, que libertad se respiraba aún, cuando seguí estudiando la secundaria tenía que salir en compañía de mis papás muy temprano antes de que el día hubiera clareado para poder llegar a tiempo hasta el lugar donde estudiaba, los fines de semana o entre semana era lo más normal ir a Jiutepec a visitar a algún familiar y lo hacíamos caminando por aquel lugar que alguna vez se llamó el callejón, terroso, muchas veces, cuando llovía lleno de lodo, de charcos de agua, pero jamás, bien lo recuerdo, inseguro y hace veinte años, si hace veinte cuando estudiaba Comercio, recuerdo muy bien que mi última clase terminaba a las ocho cuarenta de la noche y desde la calle Victoria hasta el mercado Adolfo López Mateos tenía que bajar corriendo pero ¿saben por qué corriendo? No por el miedo que alguien me asaltara, bajaba así por el hoy puente del dragón , que en aquel entonces no estaba lleno de ambulantes, porque tenía que alcanzar el último camión que me llevara a casa, mucho tiempo utilicé el transporte colectivo, mucho tiempo anduve sola por infinidad de calles, jamás supe lo que era un asalto, nunca en aquel entonces sentí miedo, nunca el temor de que alguien se me acercara y cuando nació mi primer hijo en sus primeros años él todavía tenía la libertad de salir a la calle a jugar con sus amiguitos, tenía la libertad de regresar de la escuela solo y no estoy hablando de tantos años atrás como nos quieren hacer creer, estoy hablando de cuando él tenía 7 u 8 años, hoy él tiene 16, yo todavía era dueña de la tranquilidad de saber que iba a regresar a casa en cuanto terminara de jugar, y que siempre regresaría de la escuela, todavía éramos libres, hoy tengo ya una niña de siete años y pregúntenme ¿cuándo la dejo salir a jugar a la calle? ¿Cuándo la dejare venirse sola de la escuela? Quizás nunca ¿qué pasó en estos nueve años? No lo sé, todavía no alcanzo a comprender qué paso, ¿dónde? ¿En qué momento perdí mi libertad? La perdí cuando el miedo precedió a la calma, cuando el corazón dio paso a la zozobra, cuando mi desesperación no encontró más arma contra la inseguridad que una oración, cuando comprendí lo que de aquellos años mis hijos no conocerían y que su casa en prisión se convertiría.



Y si es cierto, añoro el ayer, porque pude soportar el hambre, porque pude soportar no tener la ropa que quería, ni tener la mochila o los útiles que mi compañera llevaba, pude soportar la miseria pero en ese entonces me jactaba de que vivía en un país donde si bien la miseria no estaba abatida teníamos la libertad si así lo queríamos de sentarnos en el quicio de nuestra puerta o en cualquier banca del parque, caminar por cualquier calle y hoy de adulta, puedo seguir soportando el hambre y tantas otras necesidades, pero no puedo soportar no ser libre, tener que ser hoy prisionera de la delincuencia.



Mucho tiempo permanecí callada, creyendo que quienes tenían que velar por mi seguridad tarde o temprano nos regresarían la calma, nos regresarían esa libertad, si me daba coraje escuchar por los medios de comunicación, tantos asaltos, tantos secuestros, ver a tantas madres perder a sus hijos a manos de la delincuencia, pero hoy ésta toco lo más sagrado para mí, ya había soportado que me robaran, al fin eran cosas materiales –pensaba yo- pero hoy mi impotencia y coraje crecieron al enterarme que a mi hijo lo habían asaltado, que había sido amagado con una pistola, al ir a recogerlo a donde lo habían asaltado lo sentí tan indefenso, queriendo ser fuerte ocultando su miedo y me sentí más prisionera que nunca, y aun sintiéndome indefensa igual que él , también tuve que sacar fuerzas de mi dolor, dejar mi rabia a un lado y abrazarlo y en ese mutuo abrazo sentir los dos que solo lo material nos habían robado, quizás queriendo transmitirle que igual que hace veinte años, al igual que yo también, él podía salir a la calle libremente, que todo iba a estar bien tomé su cara entre mis manos y me tragué mis lágrimas, si, se encuentra bien, pero ambos sabemos, lo que ya hace tiempo temíamos, que ya nada es igual, después de un episodio así, yo como madre vivo hoy aun más la zozobra y él sabe que empieza a ser prisionero también.



Prisioneros de la delincuencia, que es la que debería estar tras las rejas.



Prisioneros de un gobierno que con un cubre bocas azul ha querido taparnos la boca para no escuchar lo que no les gustaría escuchar.



Por que no les gustaría escuchar que mis derechos no tienen que estar condicionados a si voto por cual o tal partido, si cualquiera de ellos, elíjanlos quien los elija tienen la obligación de gobernar a todos por igual y ver por su seguridad y que no quieran hoy obnubilar todavía más mi cerebro para hacerme que esa es mi obligación, creer que la solución está en mis manos y tener que ser yo quien tenga que comprar un sistema de localización para mi coche, implemente un sistema de protección para mi casa, o registre mi celular para que no sea extorsionada o en último de los casos que aprenda un arte marcial para defenderme porque aquellos que obtuvieron el poder no son capaces de hacerlo.



Dirán que no soy la única y les asiste la razón, el país entero vive este miedo, la mayoría ha sido víctima de la delincuencia pero los últimos acontecimientos en el país aunados a mi experiencia tan traumática de hoy me hicieron decidir, por un momento, que en estas elecciones por primera vez desde hace 28 que he ejercido mi voto no iba a otorgarlo a partido alguno, pero ya con la cabeza fría decidí que si mi voto servía para que el partido al que varios le dieron la oportunidad de demostrarnos que sabía gobernar no siga en el poder, porque aunque algunos dicen que: “a mí si me ha cumplido”, yo (al igual que muchos más) llevo nueve años esperando que la violencia termine, llevo nueve años tratando que mi monedero se vuelva mágico y esta quincena si logre satisfacer todas las necesidades de mi familia, llevo nueve años viendo como la tan aplaudida calidad en la educación no llega y que los esfuerzos por cubrir su demanda no se hacen, que el desempleo ya no es privativo de quien no tiene estudios o de aquellos que por su edad ya no son necesarios en los centros de trabajo a pesar de toda la experiencia que puedan transmitirnos, con todas las consecuencias que esto pueda traer, si mi voto sirve para frenar “el cambio”, aunque no sea la opción más recomendable, voy a aplicar aquel refrán que dice: de los males el menor y de los malos pues el menos peor, en el momento que asista a las urnas.



Pude callar este suceso, limitarme a que mi hijo fuera un caso más sin resolver en las estadísticas, pero prefiero llamar a las conciencias de todos aquellos que como yo, hoy más decepcionados han decidido no votar, a aquellos que nunca lo han hecho porque ven que al hacerlo están avalando una farsa, y ¿por qué no? También para aquellos que no comulgan con mis apreciaciones y a quien respeto su forma de pensar, pero solo por un momento reflexionemos sin apasionamientos ¿en verdad nos han cumplido? Creo que abstenerse es también avalar esta farsa de gobierno y dejarlos seguir viviendo en el país de no pasa nada, es dejarlos continuar con esta declive creyendo que la violencia con violencia se ataca, que con cuerpo de policía mal pagado ganaremos la batalla y que con el Ejército en las calles será el dique que detenga la delincuencia, es dejarlos que sigan limitando la inversión a los rubros de empleo y educación, factores decisivos para cubrir nuestras necesidades básicas, para abatir el hambre, hambre de alimento para el cuerpo y hambre de alimento para la mente , cuando el cuerpo ya no duela por dejar de comer días y días daremos paso a educar mejor , a hacer seres humanos pensantes y no máquinas, quizás entonces podremos cambiar la mentalidad de muchos de los que hoy se dedican a actividades delictivas y así si poder jactarse de que se está haciendo mucho para combatir esta ola de violencia.



Por todo esto nuevamente me pregunto: veinte años ¿no es nada?”

Carta no firmada por el autor.









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